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Luto eterno

El país recibe esta semana dos trágicas noticias, el fatal accidente del avión de la aerolínea boliviana LAMIA -que transportaba al equipo de futbol Chapecoense-, en su ruta a Medellín para disputar en el estadio Atanasio Girardot la final de la copa Sudaméricana, y la muerte de Dora Lilia Gálvez, mujer lesbiana de nombre anónimo, que se hizo público 23 días atrás, donde con la espectacularidad como común denominador los medios de comunicación informaban de su hospitalización en la ciudad de Buga (Valle del Cauca), tras una violación que involucraba un empalamiento.

 Antes de empezar quisiera hacer una aclaración, este texto es más visceral y pasionario, que riguroso y periodístico. Si esperan algo diferente, ni siquiera hace falta que se tomen la molestia de seguir leyendo.

Un lado del país.

Más de 70 personas de 4 países perdieron la vida en un accidente aéreo. Talentosos futbolistas, periodistas de reconocidas cadenas televisivas y la tripulación de la aeronave, la conmoción es enorme.

Las muestras de solidaridad empiezan en La Unión, municipio en cuyas inmediaciones choca el avión. Habitantes de veredas cercanas acuden en ayuda de una situación que desde el principio evidenciaba la necesidad de apoyo ante la inconmensurable crisis.

La gobernación de Antioquia y la alcaldía de Medellín declaran el luto, se izarán banderas a media asta, los célebres alumbrados de la ciudad de la eterna primavera, que hacen más vulgar la exposición de la desigualdad y la gentrificación que sufre Medellín, tardarán unos días más en llegar este año.

Como homenaje póstumo, el estadio Atanasio Girardot preparado para albergar a las aficiones de los equipos finalistas que se enfrentarían por la copa en la noche del 30 de noviembre, recibe a cualquier persona que quiera asistir al solemne episodio, mostrando estar con el Chapecoense y las familias de las víctimas del siniestro ocurrido el 28 de noviembre.

Incluso se convierten en carismáticas figuras, personalidades famosas por sus nexos con el paramilitarismo como el hoy gobernador de Antioquia, Luis Pérez Gutiérez, que no es un Juan Pérez cualquiera; y no faltó quien se diera un shampoo de popularidad y robara unos instantes de cámara, a costa de la catástrofe.

Flores, camisetas blancas, velas y un sincero sentimiento de empatía de un pueblo con otro pueblo que me conmueve, llena mis ojos de lágrimas, y no puedo evitar que se deslicen al papel.

La solidaridad, el apoyo mutuo, la condolencia compartida, la humildad, gestos de belleza inefable.

Mientras tanto, en otro lado del mismo país crece el número de feminicidios en 2016, acogiendo en su lista a Dora Lilia, para sumar más de 700 .

Lesbofobia y misoginia, las acusadas que siguen sin sentarse en el banquillo de la justicia patriarcal, que no se esfuerza en ocultarlo, y aun así pretende que ignoremos que nada tiene que ver que Dora haya sido mujer, lesbiana y de barrio; y que de paso creamos esa trasnochada frase de cajón que dice que la justicia opera igual para toda la ciudadanía.

La misma policía heróica que extradita a quienes la ley y la sociedad denominan “peligrosxs delincuentes”, y frustra cinematográficos crímenes filmados incluso por la propia institución, parece tener las manos atadas en el caso de Dora Lilia, pues tras más de 20 días, no hay ningún indicio que conduzca a la identificacióń o captura de su asesino, ¿Coincidencia? No lo creo.

Conclusión, la justicia para las mujeres en Colombia no existe, menos todavía si son lesbianas y pobres.

Esa a la que llaman justicia, fue la llave que en Estados Unidos abrió la celda de Andrés Felipe Arias, ministro de agrícultura del gobierno Uribe que robó subsidios al campesinado colombiano, para entregárselos a potentados empresarios.

La conclusión aquí no dista mucho de la primera. La justicia hecha por hombres, para hombres, incluso fuera de Colombia, existe, más todavía si son hombres que tienen el pelo y la piel clara, son heterosexuales, tienen hijxs -la familia ideal-, títulos universitarios y además son ricos.

La ley es pa’lxs de ruana, dice el dicho y una carranga que suena a mi lado en este momento, en compañía del inconfundible sonido de un LP recién puesto.

Por favor no me malentiendan, si bien estoy en contra del poder patriarcal, también estoy en contra del poder punitivo, y si hasta aquí no se ha entendido, contra todo tipo de poder y contra toda autoridad.

Tampoco pierdo de vista que la privación de la libertad como punición, fue una práctica que empezó a ejercerce sobre los cuerpos de las mujeres, en los conventos de clausura. Donde si bien había personas que ingresaban por voluntad, su convicción y su fe, también había otras que entraban porque sus familias sumidas en la pobreza no podían tenerlas más, o como castigo, pues en sus casas, sus padres ya no sabían que hacer con ellas, su desobediencia y su actitud, y seguro Dios y sus emisarios las corregirían adecuadamente. Por fortuna, como puede verse en herstorias como la de Sor Juana Inés de la Cruz, ni siquiera el convento lograba aplacar toda la rebeldía, la imaginación y la creatividad de las indómitas mujeres.

Retomemos. Como puede verse, la guerra hace tiempo que fue declarada, mucho antes de Rosa Elvira Celis, y su indignante empalamiento. Ya está claro, la vida de las mujeres no tiene ninguna importancia ni valor en el paradigma civilizatorio patriarcal -o la civilización en general-, los feminicidios bien podrían compararse con esa práctica que persiste en algunos lugares del mundo, en la que se mata y se sacrifica a las crías hembras de las camadas del mamífero-animal de compañía, sin un ápice de remordimiento. ¿Entonces es el sexo con el que se nace, (en el cuerpo o en la mente) el determinante de la muerte, el incitador del antagonismo? No precisamente, el antagonismo más bien reside en la sed de poder, y la incomodidad que supone la ausencia de privilegios.

A pesar de esto no puedo dejar de preguntarme, ¿por qué unxs muertxs duelen más que otrxs?

¿Dónde están la indignación, las desbocabas y espontáneas muestras de descontento que requiere con urgencia esta desequilibrada guerra?

¿Quién se viste de blanco, quién prende una vela, quién ora por Dora Lilia? Alguien sin duda, sin embargo, no tantxs como lxs que en otro lugar del país guardan un minuto de silencio.

Pues bien Dorita, para ti mi luto, para ti mi rabia. Recibe desde aquí, desde mí, estas humildes letras y mi corazón de tinta, que hoy como ayer sigue vistiendo el mismo luto eterno que Louise Michel vestía.

¡Mujer, ármate, con lo que sea pero ármate!

¡No más normalidad!

¡No más feminicidios!

¡No más transfeminicidios!

Hasta siempre Chapecó

Hasta siempre Dora Lilia.

Djamila/Juan Chasqui

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