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EL CIVISMO UNIVERSAL

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 Los actos de protesta, los actos reivindicativos, deben ser festivos pero no pueden ser violentos. Pueden ser más o menos radicales en sus contenidos, pero deben ser exquisitamente cívicos y pacíficos en sus formas. Los telediarios no dejan lugar a la más mínima duda al respecto: una manifestación exitosa es una manifestación que se ha desarrollado en tono festivo, lo cual indica que no se han producido incidentes y que todo ha transcurrido pacíficamente. Parece que por sobre todas las cosas la violencia es lo que debe ser exorcizado, hoy, de la vida social.

 

Que la violencia que marca nuestra época sea, o no, mayor que la de otros tiempos es una cuestión opinable, pero de lo que no cabe duda es que la violencia ocupa actualmente un lugar mucho más visible y que su presencia es tan constante como lo son, simultáneamente, las voces que la condenan. La espectacularización de la violencia se une a la conciencia de la fragilidad del planeta para alentar en nosotros un enorme deseo de paz.

Por una parte, las pantallas de los televisores rebosan de una violencia cotidiana que irrumpe en nuestras casas con cada informativo: violencia de género, violencia terrorista, violencia militar, violencia urbana, catástrofes naturales o humanas,cadáveres, sufrimientos y mutilaciones por doquier… Día sí y otro también quedamos saturados hasta la saciedad por una avalancha de imágenes que no pueden sino provocar el hastío por la violencia y que abonan el terreno para que seamos hipersensibles a las exhortaciones contra la violencia que repite machaconamente el discurso institucional.

Por otra parte, se estimula la convicción –a la cual el ecologismo ha aportado sin duda su granito de arena– de que estamos todos en un mismo barco. Un barco que conviene preservar de los temporales, y cuya seguridad no debe ser amenazada por nuestras disputas porque si se hunde nos vamos todos a pique con independencia de nuestro nivel de renta y de nuestras discrepancias ideológicas. Creciente convicción, por lo tanto, de que en tiempos de globalización y de incipiente conciencia planetaria se impone la solidaridad, entendida como reacción compasiva ante la desgracia que aqueja al prójimo, y se requiere la constante evitación de la violencia.

Así las cosas, podría parecer que sólo quepa sumarnos con entusiasmo al grito generalizado contra la violencia, aplaudir sin reservas su erradicación de la expresión de los conflictos y de las protestas, y que sólo quepa, en suma, celebrar la larga marcha hacia la progresiva pacificación del mundo. Y esto es efectivamente lo que deberíamos hacer si la partida a la que se nos invita no estuviese amañada y si se generalizase el desarme.Pero, mira por dónde, sólo uno de los contendientes debe entregar las armas, mientras la violencia que ejerce su oponente,y su capacidad para ejercerla, no cesan de crecer y de incrementar su grado de sofisticación.

Ya sé que desde las posturas antagonistas se asume perfectamente este tipo de planteamiento, sin embargo, en la práctica, ¿cuántas veces salimos a la calle temerosos de que se produzcan incidentes que descalifiquen nuestra protesta, y dispuestos a intervenir para evitarlos? ¿Cuántas veces autocensuramos la contundencia de nuestras respuestas colectivas frente a las injusticias y a los atropellos para que no se nos tache de “violentos”?

Por supuesto, no se trata aquí de elogiar la violencia ni decelebrar su ejercicio pero sí se trata de incitar a dejar de participar en el juego de su obsesiva descalificación sistemática, y de su criminalización por principio, mientras no se cuestione con el mismo ahínco la violencia de las instituciones y del capital. Estas breves anotaciones en torno de la violencia, o mejor dicho, en torno de la inconveniencia de dejarnos atrapar en la interesada hipocresía del discurso oficial que la repudia, sólo pretenden subrayar la relativa facilidad con la cual las resistencias contra el sistema acaban por formularse en los términos que él mismo nos sugiere.

Contra el discurso dominante que dice incluso cómo debe ser el contradiscurso, contra las fuerzas que nos empujan a ser mero reflejo de nuestro tiempo, no hay otra alternativa que la de situarnos a contratiempo, y esto significa que es preciso radicalizar nuestro discurso y nuestro quehacer, aun a riesgo de cosechar mala reputación y de cotizar a la baja en la bolsa de la respetabilidad mediática.

Texto extraído del libro Actualidad del Anarquismo de Tomás Ibáñez

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